Tengo
que confesarles algo. Cuando alguien, en cualquier tipo de conversación,
comenta sobre el cine utilizando la frase “es que el cine de arte es...” algo
en mi causa escozor en el cerebro, se me funden las amígdalas y se me dilatan
los poros de la frente nada más del coraje. Y es que esa frasecita de “cine de
arte” que, incluso, se puede encontrar en las tiendas de películas o en los ya
casi extintos videoclubs, es de las pequeñas muestras de que la comunicación en
el cine es importante y una mala comunicación termina por agredir a un público
novato. Por eso es que, si usted le busca, encontrará muy pocas “salas de arte”
en el país y, por ende, muchos autores que no encajan en el cine comercial
terminan viendo sus películas con una distribución que no pasa de las 10
copias, dejando a grandes talentos de la cinematografía perdidos entre deudas y
vendiendo hasta el alma para pagar a los acreedores.
Partamos
de un simple punto. El cine es un arte. El séptimo arte, de hecho. Y, aunque
parezca un absurdo, todo el cine que se hace es arte. Bueno... casi todo,
porque me niego a poner en esa categoría a basuras infumables como Transformers:
Age of Extinction o hasta basuras extremadamente disfrutables –bajo la premisa
del absurdo– como Sharknado 3 que, dicho sea de paso, cuando puedan denle una
checada para reír con una de las cintas más ridículas que he tenido el placer
de ver. (Ojo, la próxima semana hablaremos del eterno debate entre el cine malo
y el cine absurdo, gracias a una conversación que sostuve la semana pasada con
un buen amigo). Pero volviendo al tema que nos atañe esta semana, el cine es un
arte en si mismo. Por supuesto, como diría Kubrick, es un arte 100% perfectible
y que siempre tendrá errores en su desarrollo. Y miren que lo dijo un
perfeccionista obsesivo, pesadilla de la sala de edición.
Como
en cualquier forma de arte, nos enfrentamos a dos cosas fundamentales. En
primer lugar, el hecho de que casi cualquiera puede acercarse y realizar un
intento de expresión artística y, de hecho, llamarlo arte. Ahí están muchos
ejemplos como Uwe Boll, Aaron Seltzer, Tyler Perry o Raja Gosnell, que lanzan
sus bodrios pensando que serán grandes películas y nadie se acerca para
decirles algo en el tono de “sí... apestas”. Pero de igual forma uno se puede
topar en una galería famosa y prestigiosa a una mujer sentada en una mesa
compartiendo un minuto de silencio con quien se siente frente a ella y hay
quienes la llaman “la mejor artista viva”, cosa que sigo sin lograr entender,
de la misma forma que no entiendo la existencia de Adam Sandler o David
Hasselhoff. La segunda cosa a la que nos enfrentamos es, justamente, eso.
Siempre habrá un espacio para un público que tenga mal gusto o, para decirlo de
manera amable, siempre habrá alguien a quien le parezca necesaria la existencia
de cintas como Jack & Jill o Viaje de Graduación.
Por
otra parte, el cine de autor es un tema completamente diferente. Ese mal
llamado “cine de arte” –título que, además, denota un esnobismo gigantesco ya
sea del autor o de su distribuidor– es “de autor” porque hay una constante
narrativa en el director que lo separa de los demás y que, además, podemos
identificar en casi todas sus cintas como sello indiscutible. Ahí es donde
pocos pueden entrar en la lista y donde en tan solo unos planos se puede
definir si una cinta la hizo Hitchcock, Kubirck, Coppola, Tarkovsky, Tarantino,
Lynch, Cronenberg, Craven, Allen, Burton, Romero, Carpenter, Bergman o Michael
Bay. Sí... no se espanten... hablo del Michael Bay antes de Transformers, ese
que tiene dos cintas bien merecidas en la exclusiva colección Criterion. Es ahí
en donde se tiene que definir el cine de autor y dejar de llamarlo “cine de
arte” porque, al final del día, el arte debe ser universal o, al menos, aspirar
a serlo. Conozco pocas personas que puedan decir que Van Gogh no les gusta.
Pero conozco aún menos que puedan decir que Offret, cinta icónica de Tarkovsky,
es algo más que una tortura lenta y salvaje frente a la pantalla. Y le hablo de
una ganadora de Cannes.
Así
que, ya sabe, la próxima vez que alguien le invite a ver “cine de arte”, tiene
dos opciones. Corregirlo y explicarle por qué se debe llamar diferente. O
arriesgarse a tirar las palomitas cuando aparezca en pantalla algo como El Niño
de Piedra.
ULTIMAS
TOMAS
Paramount
Pictures acaba de dejar caer la noticia que tiene a muchos babeando. Están
considerando distribuir y producir cine mexicano. Calmen las cabras,
muchachos... dijo “creo que vendrá en los próximos años”. Ojalá así sea, pero
hasta no ver...
Recomendación
de la semana: Mission Impossible: Rogue Nation. Una saga que se mantiene fiel a
su espíritu. Actuaciones, efectos, secuencias de campeonato. Y, sobretodo, una
película bien escrita y aún mejor dirigida. Se rumora que era la última de la
franquicia. Ojalá y no. Calificación: 8.5 y, hasta ahorita, la mejor del
verano.
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