En medio del escándalo Aristegui, del que no hablaré
en este columna (o en ninguna otra porque aquí hablamos de cine... y eso que
hay un drama digno de película de los 60), ambas partes han repetido una y otra
vez la misma palabra. Palabra que llama mi atención y de la que platicamos en
el noticiero con Héctor Trejo: responsabilidad. Y es que como público mexicano
tenemos también una responsabilidad ineludible con la industria del séptimo
arte que se hace en este país. ¿Qué tanto la estamos ejerciendo o qué tanto nos
estamos haciendo patos? Les cuento por qué.
Ya hablamos de que el género de terror en México es,
en términos de copias-recaudación, el que más dinero genera en la taquilla nacional.
Y, sin embargo, los más grandes fracasos a nivel nacional de cine mexicano son
películas de terror. Es decir que, si le ponemos al público mexicano películas
de terror, sin importar la calidad de las mismas, extranjeras y con un buen
marketing detrás, el público de nicho se desvive para llenar las salas y
disfrutar –o, en su caso, destazar– la cinta en turno. Pero cuando le agregamos
el factor “cine mexicano” a la mezcla, las salas quedan vacías y nadie se
atreve a acercarse, por lo que es común que cintas mexicanas de terror apenas
den el tan temido ‘semanazo’. Y es que el problema no sólo está en las cintas
de terror. Si bien es el género donde se nota mucho más el prejuicio del
público mexicano hacia lo producido en México, las comparativas de géneros no
hacen más que mantener esa idea, incluso desde las oficinas de los
distribuidores y exhibidores.
Si uno llega con un guión de terror o, incluso, una
película de acción a las oficinas de los inversionistas o distribuidores, la
primera respuesta que uno recibe es: “el público mexicano no ve películas
mexicanas de esos géneros”. O, peor aún, se avientan la enorme respuesta de “es
que en México no sabemos hacer cine de acción”. Y es que, al parecer, el
público está creando la dinámica de castigar desde antes de su lanzamiento a
los géneros que, de venir de otras latitudes, premia con, por lo menos, el
beneficio de la duda. ¿De quién es la culpa de esta dinámica?
Sin duda parte de la culpa reside en los productores y
directores que, en sus intentos por crear cine de terror o cine de acción en
los últimos años han entregado bazofias como Morgana o El Libro de Piedra,
por mencionar sólo algunas de las porquerías que he tenido que ver y que me
hacen querer arrancarme los ojos de vez en vez. Pero, ¿acaso todo el cine de
terror que viene de Estados Unidos o Asia es extraordinario y, por ende,
garantía de calidad inequívoca? ¿Acaso los grandes blockbusters del cine de
acción internacional son una absoluta fórmula de perfección narrativa y de
entretenimiento? No lo creo porque, de ser así, de entrada yo no le escribiría
estas líneas porque la figura de “crítico de cine” no sería necesaria de
ninguna forma. Y, sin embargo, películas de muy cuestionable calidad terminan
rebasando en México las taquillas de 20 películas nacionales juntas de las que,
al menos la mitad, son bastante mejorcitas que el éxito en turno.
Esto nos lleva al segundo responsable del fenómeno del cine mexicano destinado al fracaso: el público. ¿No sería un buen ejercicio otorgarle a las producciones nacionales, al menos, el ya mencionado beneficio de la duda? Incluso hasta por una condición de solidaridad nos convendría pensar que con lo que se hace una cinta de terror mexicana, se paga apenas el 5% de cualquier cinta norteamericana de acción. Y si hacemos ese comparativo, lo que generó en taquilla a nivel mundial únicamente la cinta Skyfall (de la que ya hablamos un poco la semana pasada) equivale a casi el 90% del presupuesto total dedicado a la cultura en el Presupuesto de Egresos de la Federación en 2015. Ahora, no se trata tampoco de ir y gastar el dinero a ciegas en el cine nacional sólo porque es ‘hecho en México’. Hemos hablado de ello. Pero tampoco se trata de que, por simple reflejo natural, al saber que una cinta de terror es mexicana, descartemos cualquier posibilidad de verla por un prejuicio que, entre más arraigado esté, menos futuro le augura a nuestra industria.
Recomendación
de la semana: Amores Infieles (Third Person), una cinta muy al estilo de Paul Haggis, director también de Alto Impacto en donde las historias de
varios personajes terminan por converger en medio de muchas visiones sobre el
amor y las pasiones. Gran actuación (por
fin) de Liam Neeson.
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