En los últimos días, en diferentes programas de
televisión y de radio, una pregunta ha aparecido en más de tres o cuatro
ocasiones mientras estoy viendo o escuchando. ¿Qué nos une como mexicanos?
Obviamente, dependiendo del tema en cuestión del programa mismo, los que están
en el panel de invitados terminan hablando de diferentes cosas. Ya sea que nos
una el idioma según unos, la insatisfacción gubernamental, según otros o hasta
la comida según algunos más, la realidad es que hay tantas cosas que nos unen
como país que de pronto me pregunté, ¿por qué el cine no nos une como país? Y
es que de las pocas cosas que podemos tener clara en esta especulación
nacionalista es que nuestro cine no nos une, sino más bien nos divide o, en el
peor de los escenarios, nos une en contra de la industria del cine nacional.
¿Por qué estamos tan empeñados en dividir nuestra industria cultural cuando
podríamos tener una de las industrias más fuertes económicamente?
Unos datos para que entendemos el contexto nos vienen
bien. De entrada, México es el país consumidor de cine más importante de
América Latina. Al menos así se refleja en cantidad de pantallas en el país,
pues se tiene una pantalla por cada 23 mil habitantes. El que más cerca nos
sigue la pista es Brasil que cuenta con una pantalla por cada 85 mil
habitantes, por lo que entendemos que la diferencia es bastante. Sin embargo,
esto no significa que tengamos una cobertura total cinematográfica ya que se
calcula que arriba del 40% de la población en México no tiene una sala de cine
en su localidad. Entonces, ¿somos o no somos un país unido en el cine? La
realidad es que si uno revisa las estadísticas de la pantalla se da cuenta que
el 89% de las cintas que exhibimos en
México son películas provenientes del vecino país del norte. Y no, no los voy a
marear con el tema del TLC y la obligatoriedad de nuestro país para pasar sus
películas, pero sí es sintomático darnos cuenta que los mexicanos vemos mucho
cine pero vemos poco cine mexicano.
Si bien nos unimos en todos los frentes que podemos
como país, incluso los más negativos, también es un hecho que lo más cercano a
unión que tenemos en cuanto al tema de la industria cinematográfica nacional es
el rechazo inmediato de lo que se produce en México. Y ¿de quién es la culpa de
esto? Muchos se desgarran por culpar a un gobierno que no tiene la más mínima
idea de cómo contrarrestar el avance del cine internacional en nuestras salas,
llegando a catalogarlo con el dramático y exageradísimo título de “colonialismo
cultural”, mientras que otros se encargan de culpar a las exhibidoras por una
completa competencia desleal frente a películas taquilleras como Los
Vengadores, 50 Sombras de Grey y otro tipo de títulos que vienen generados de
una industria que entiende el significado de esa palabra. Pero, ¿quién culpa a
los productores y directores? Me consta que talento en guionistas tenemos de
sobra y mucho de ello lo podemos ver en las filas del teatro que se han visto
forzados a engrosar debido a una miserable cantidad de oportunidades para el
desarrollo de películas de calidad. No existen productoras en México encargadas
de financiar o apoyar proyectos de manera constante, convirtiendo la
experiencia y la tarea de hacer cine en nuestro país en un verdadero viacrucis
para quienes realizar una película se convierte en ardua labor de hasta tres o
cuatro años por cada cinta, periodo en el que en otras industrias directores
realizan hasta 4 películas. Pero, ¿cómo podemos culpar a un gobierno o a
empresas privadas si los productores no están haciendo lo que les corresponde?
¿Qué les corresponde? Crear películas que apelen al público masivo y dejar de
querer educar al público con cintas que sólo están hechas para apaciguar el ego
y la soberbia. Es decir, los directores actuales tienen que dejar de creer que
el público mexicano es idiota y empezar a entender lo que quieren ver y lo que
les gusta ver. Sólo así podremos generar un movimiento que termine por incluir
a exhibidores, distribuidores e instituciones gubernamentales en el crecimiento
de la industria nacional.
Sí, por supuesto necesitamos al público en las salas.
Se necesita que el público de un salto de fe con las producciones mexicanas de
la misma forma que lo dan con otras producciones alrededor del mundo, pero
¿cuántos saltos de fe se pueden pedir si la gran mayoría de las veces, quienes
dan el salto terminan dándose de lleno en la cara con una caída que bien
pudieron haber evitado? Es hora de que productores y directores tomen la
batuta. Y que empiecen a ver a la industria cinematográfica como un negocio
sustentable y no como una plataforma para expresar sus más absolutos caprichos
y traumas infantiles. Porque sí, muchos de esos traumas generan cine que, bien
visto, pueden tener una calidad narrativa impactante. Pero como en cualquier
industria que depende de un público, si el público no supera los cuatro
pelados, no se puede ni llamar público ni llamar industria.
La recomendación de la semana: Intensa-Mente. Pixar lo
vuelve a hacer y nos da lo que puede ser la película del año en cuanto a
animación.
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